Eric Rohmer; la compleja sencillez visual
Eugenio Sendarrubias
Ha muerto el padre de la ‘Nueva Ola’ cinematográfica francesa. La enésima reinvención en la forma de plantar cara a la existencia (arte; Schopenhauer) y uno de los directores de cine más sofisticados y sensibles a los que me haya enfrentado.
Luz para los consagrados Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, François Truffaut y Claude Chabrol (como apunta Richard Brody en su In Memoriam para The New Yorker), su cine dorado durante la década de los sesenta asumió el reto aristócrata de reencofrarlos valores morales de la vieja y agrullereada Europa. Perfeccionista desesperante, vio morir a los hijos de su cine, con los que comulgó ideológicamente en una orgía de intelectualidad profusa, con Sartre en un Mayo Francés alterno, y en purga impagable del sentido que el cine europeo adoptaría en adelante.
Director de cine, crítico literario, profesor y editor de la publicación Cahiers du cinema (pensamiento único del cine europeo), mostró un afán propio de sus compatriotas por el mimo a la sensibilidad, el respeto por los genios cotidianos y la inquietud de fusionar las diferentes disciplinas artísticas con éxito.
Elegante y sustancioso como pocos, reconozco la herencia de “L’Amour, l’Après-midi”, maravillosa película hilada con una delicadeza extrema en un desarrollo de guión y visual, posiblemente, perfecto. En otro peldaño quedan obras de interés como “Pauline à la plage” o “Ma nuit chez Maud”, muestra del extenso trabajo que puede caber detrás de unas películas cuyo resultado final es eminentemente estético.
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